Reflejos
Las motocicletas empezaron a tener dificultades para avanzar entre los árboles caídos que atravesaban el sendero, ya que entre más nos aproximabamos a nuestro destino el bosque parecía cerrarse más y más entre arbustos cada vez más espesos que emergían de entre el lodo que parecía hacerse más y más viscoso. Los únicos claros eran pequeñas lagunas de agua turbia repletas de moscos en donde nos atascamos y nos caímos. Cada quién vivía su propio infierno y poco a poco nos fuimos distanciando en esos últimos kilómetros, en los cuales la selva parecía negarnos el acceso a sus oscuros secretos que desde las ya muy remotas orillas del río Congo parecían murmullos distantes de un mundo lejano en una jungla infinita.
Con la
sensación de terminar prácticamente a rastras, salí en lo que se
asemejaba la luz al final del túnel. Bajo la sombra de un árbol que tenía
una larga banca de madera hecha de troncos, todos los que ya habían
llegado se quitaban los zapatos cubiertos de lodo, mientras otros se acercaban
al río para lavarse y refrescarse. Los africanos trataban de apartar el
emplaste de lodo atascado entre las ruedas y el motor de sus motocicletas.El caudal del agua era de color negro y tenia un aspecto taciturno. Solo el brillo del sol que se reflejaba en sus oscuras texturas delataba una corriente lenta y constante. Al otro lado del río había una gran “balanier” rodeada de palmeras y unas cuantas chozas esparcidas hacían notar que nos encontrábamos en una aldea. Se trataba de Bongandanga que se encuentra a orillas del rio Lopori o rio Negro como lo llaman los Congoleños.
Todo parecía moverse en un espacio tiempo mucho más lento. La forma en que se iluminaba la ribera al ritmo de esa vida tan silenciosa y melancólica se enmarca perfectamente entre esa jungla que poco tiempo atrás intentó engullirnos. Daba la sensación de que en algún momento de la densidad de la selva habíamos atravesado un portal invisible y ahora se nos revelaba otra dimensión que se presumía serena e imperturbable.
Atravesamos el río en dos pequeñas piraguas a remo y una vez que llegamos a la otra orilla, Alonso empezó a buscar algún piraguero para que al siguiente día nos llevará hacía Basankusu en una travesía de dos días. Desde Basankusu montariamos otro río en contra del caudal para adentrarnos al corazón de la selva en la reserva natural Lomako Yokola en otra navegación de tres días más.
Todos nos quedamos sentados bajo la sombra de un árbol a pocos pasos de la orilla del río y pasamos algunas horas bebiendo cerveza, comiendo plátanos y un poco de pollo de un vendedor que se encontraba cerca de nosotros.
Finalmente Alonso apareció diciéndonos que había encontrado el sitio de nuestro campamento. Había conocido a alguién que nos brindaba un espacio de lujo. Caminamos algunos cientos de metros tras el alejandonos de la orilla del río para volvernos a encontrar con la ribera después de cruzar algunos riachuelos. Seguimos a través de unos palmares donde bajo sus escasas sombras se encontraba una máquina cortadora de madera donde un africano cortaba tablones para la construcción de una casa con precisión milimétrica apoyado totalmente en su pulso . Finalmente llegamos hasta un pequeño kiosko.
Ahí se encontraba un singular africano que se hacía llamar Euloge. Tenía tan solo 3 semanas viviendo en este sitio y según sus propias palabras era el sitio de donde provenian sus ancestros y había sido su abuelo quién se había mudado a la ciudad de Kinshasa muchos años atrás. El era un hombre de tal vez 35 años de edad y ahora venía a reencontrarse con sus orígenes después de haber estudiado por muchos años en Dallas, Texas y después toda una vida en la capital de este inmenso país. Me pareció entender que quería alejarse de una vida en la periferia de su propio ser.
Al parecer su padre era el dueño de un gran aserradero en la región al igual que otros negocios de extracción de metales. Según decía, construirá un resort en este sitio denotando aún más lo errático de sus procesos mentales pues nos encontrábamos en el corazón mismo de la nada, donde rara vez o nunca llegan visitantes. A medida que fue avanzando el tiempo y las conversaciones se hacían más extensas salió a la luz que su padre había sido un empresario cercano al expresidente Joseph Kabila y bajo la sombra de la corrupción que proyectaba este dictador su familia se había enriquecido. Cuando menos esa fue la forma en que interprete las cosas.
Nos ofreció pasar la noche en sus gran “balanier” que se encontraba atracada a la orilla del río, la cual habíamos visto desde el otro lado del rio. A pesar de que hizo que sus sirvientes la limpiar rápidamente , la embarcación con sus viejas y manchadas estructuras de madera le daban un aspecto lugubre. Desde una de las terrazas de la nave observamos el atardecer acompañados de bastante cerveza y al calor de las mismas Euloge propuso un paseo nocturno a traves del rio negro para visitar una tribu de pigmeos que se encontraba a algunas horas de navegación.
A diferencia del resto de grupos de europeos que vio esta idea como el inicio de una gran aventura, mi perspectiva era totalmente opuesta. Desde mi punto de vista se prendían todas las alarmas. En medio de la nada en las manos de una persona con poder que estaba rodeado de hombres armados y sin conocerlo. Salir en su embarcación en medio de la noche, me parecía una situación de peligro inminente. En él y sus destellos de poder caprichoso, podía ver reflejado las caras de los hijos de muchos políticos mexicanos que he conocido a través de mi vida, que invariablemente se convierten en pequeños tiranos cubiertos en un manto de impunidad. La impunidad y la inseguridad que se han convertido a través de los años en México en un mantra me parece que nos han hecho hipersensibles o paranoicos.
Ciertamente no hicimos el recorrido nocturno, pero Alonso decidió quedarse un par de días más bajo la tutela de este individuo e inclusive llegaron a hablar de utilizar su “balanier” para llegar al corazón de la reserva Lomako Yokola.
Esa noche me pareció larga no solo porque las ratas que deambulaban por todos los rincones de la “balanier”, sino porque el individuo me ponía muy nervioso con sus erráticas actitudes. Al siguiente dia por la mañana observamos cómo el paisaje del alba se adornaba con dos grandes embarcaciones que pasaban frente a nosotros hechas de tablones de madera que flotaban con gran lentitud río abajo con la ayuda de un pequeño motor que había sido amarrado por un costado de lo que se asemejaba un islote. Euloge se apareció sin camisa con un evidente proceso de desintoxicación (“cruda”) y en sus hombros se revelaban dos tatuajes. Uno decía sólo Dios perdonara mis pecados y en el otro la cara de un león en una clara alusión al poder. Decía molesto que esa madera le pertenecía y que haría arrestar a esos ladrones que las tripulaban y se las llevaban. Ya habían desaparecido de nuestro campo visual las embarcaciones, pero aun así una piragua motorizada con dos individuos armados los persiguieron para arrestarlos.
Una hora más tarde regresaban y uno de los hombres armados extendía sus brazos enseñando a Euloge la palanca de arranque de los motores que estaban adheridos a los tablones en señal de victoria. Mas sin embargo no había ningún hombre arrestado.
Solamente pensé que tal vez en el Congo la gente se hace justicia por su propia mano. Grandes similitudes a nuestro país si así fuera.
Finalmente hicimos un viaje en la balanier visitando diferentes aldeas mientras tomábamos licor de palma y otros bailaban en las terrazas de la embarcación. Por la tarde visitamos una aldea donde se celebraba una ceremonia particular. Los movimientos al ritmo de los tambores y la torpes notas que emitía el cuerno de un animal a manera de instrumento de viento parecían fuera de este mundo y en medio de ese universo Euloge se embriagaba mas y mas con destello más abruptos de poder y de paranoia cuando se negaba a beber absolutamente nada que le ofrecieran los aldeanos. Durante todo ese tiempo insistió en varias ocasiones con Alonso de que nos alejaramos porque ese tipo solo evolucionaría mas y mas. Mi insistencia evidentemente molestaba a Alonso.
Afortunadamente a la mañana siguiente Alonso nos dio la noticia que durante la embriaguez Euloge le había hecho una clara amenaza al malinterpretar las risas cargadas de alcohol. Ese día partiriamos y al parecer varios días antes había logrado establecer comunicación con el director de la reserva Lomako Yokola y este había enviado a uno de los guardabosques para nuestro encuentro. Justo había llegado la noche anterior.
En poco tiempo estábamos todos montados en una larga piragua con rumbo a Basankusu y Euloge se empezaba a quedar atrás.







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