Vestigios del pasado
Desde la pequeña ventanilla sólo se podía ver esa voluminosa línea de agua café que se asemejaba a una gran culebra que se retorcía y a manera de manchas tenía islas de diferentes tamaños. Era como observar una boa que se abría paso a través de la selva y que desde las alturas no parecía tener fin. La mirada se paralizaba fijamente al atestiguar el legendario Río Congo.
El aeropuerto de Kisangani era pequeño y todos tuvimos que esperar bajo la estrecha sombra que proyectaba el hangar bajo el sol de mediodía antes de recoger nuestras maletas. Debimos de estar ahí por largo tiempo, ya que la sombra se estrechaba cada vez más hasta el punto en que todos terminamos amontonados escondiendonos del sol como lagartijas encimadas.
La razón de la demora, fue que tuvimos que esperar a que la “DGM” (Dirección General de Migración) revisara nuestros pasaportes y nuestro itinerario. Según Alonso la “DGM” sería nuestra pesadilla en cada puerto y pequeña población a través de toda nuestra travesía, ya que debido a una paranoia colectiva y bien justificada por parte del gobierno y sociedad Congoleña, los extranjeros han viajado y siguen viajando a las entrañas del Congo para extraer su sin número de riquezas naturales como lo fueron el Caucho y el Marfil en el pasado, siendo en nuestra época los diamantes, maderas exóticas y recientemente el cobalto que se utiliza para la fabricación de baterías.
Desde mi punto de vista la “DGM” principalmente es una licencia otorgada por el gobierno a los agentes para extorsionar a los extranjeros. Es por eso que en este viaje llevabamos a Titi como rompehielos y de esa manera sería más fácil lidiar con la corrupta burocracia de este país. También nos ayudaría como un puente de comunicación con los líderes tribales y todo lo que tuviera que ver con los “sutiles” encontronazos culturales en este país. Titi es un Congoleño relacionado con la seguridad, debido a que su hermano es guardaespaldas del presidente de la República Democrática del Congo Félix Tshisekedi. En realidad sería Eric quién nos acompañaría en este viaje. Eric es el contacto de Alonso en este país y él había vivido en la cuenca del rio, visitando diferentes sitios debido a que es un antropólogo. Por lo tanto su conocimiento del área y sus costumbres era mucho más extenso. La razón por la que Eric no navegaría con nosotros era que viajaría a los Estados Unidos e India por motivos de trabajo. La noticia de que su amigo Titi sería quién nos acompañaría nos fue dada tan solo un día antes. A nadie nos causó un sobresalto dicha noticia, pero seguramente todos los integrantes del viaje, ahora que vemos en retrospectiva nuestra aventura, nos damos cuenta de que eso que vimos como un pequeño cambio, tuvo grandes consecuencias en la forma que se fueron desarrollando las cosas.
Pasamos algunos días en Kisangani para abastecernos de víveres y provisiones, además de negociar las piraguas motorizadas que nos llevarían por el mítico afluente.
Kisangani es una ciudad que cuenta con una población de alrededor de un millón y medio de personas. Sin embargo el aspecto rural prevalecía ante la urbanidad. Las calles de tierra y las construcciones con aplaste de lodo sobre varas de madera y techos de hojas de palma, daban la sensación de estar en un pueblo. Solo los edificios viejos, y a veces en estado de abandono total, construidos por los belgas durante los tiempos de la colonia con bellos diseños arquitectónicos Art Deco, manifestaban que nos encontrábamos en una ciudad. La decadencia económica de esa gran mancha urbana con tintes de población pesquera era evidente a cada paso.
El puerto daba la impresión de ser un vertedero de basura tanto en tierra como en el agua. Viejas y apestosas barcazas de madera conocidas como “balaniers” se amontonaban al borde del río, donde gente dormía o se asomaba desde sus destartalados barandales hacia la orilla con gran curiosidad, a medida que caminábamos entre esa espesa capa de materia orgánica mezclada con papel y plástico que se iluminaba en forma artística en la bella luz del atardecer. La gente se amontonaba a nuestro alrededor en el de por sí ya concurrido puerto gritandonos: “mundele, mundele” (blanco blanco), al mismo tiempo que nos ofrecían pescado ahumado lleno de moscas con un aspecto sumamente desagradable.
A forma de línea divisoria o frontera invisible entre ese desastre tan lleno de vida se encontraban a pocos pasos esos bellos edificios que mencioné antes y que claramente se empiezan a mimetizar poco a poco con ese ambiente vivaz y decadente.
Desafortunadamente no tomé ninguna fotografía ni de los edificios, ni del puerto mismo debido a que no quisimos causar sobresaltos entre la población ni las autoridades. Era nuestro primer día en Kisangani.
Fue desde Kisangani donde el explorador y periodista britanico Henry Morton Stanley empezo a navegar a manera de exploración el río Congo en el año de 1876 sino me equivoco. En ese tiempo esa parte central de la antes África era una mancha blanca en los mapas trazados por los europeos, debido a que todavía no había sido explorada por ninguno de ellos. Henry Stanley navego el río Congo hasta la hoy capital Kinshasa y hasta donde las aguas lo permitieron para después darse cuenta que ese afluente conectaba con el Océano Atlántico. El explorador había llegado a este sitio desde Uganda después de haber explorado el lago Victoria.
De aquellos días que a los europeos les causa una mezcla de orgullo y deshonra, solo quedan las casas, hoteles y fábricas abandonadas donde ahora viven los Congoleños en un estado de miseria difícil de atestiguar. Letreros donde se anunciaban la venta de bebidas alcohólicas poco antes de la independencia (15 de Agosto de 1960), todavía quedan semi colgados en las paredes de los que en el pasado fueron bares. Los techos se empiezan a colapsar y sus nuevos habitantes no se han molestado en hacer ni una sola reparación. Daba la impresión de que la naturaleza cobraba su antiguo territorio y los tribales africanos en su mimetización con la naturaleza cobraban su parte. Cuando menos esa fue mi primera interpretación.
Ese fue el primer descolocamiento que tuve en el viaje. Hubo conversaciones y cambios de ideas con algunos miembros del grupo sobre eso. La primera explicación que se me vino a la mente fue que estas personas la miseria la llevaban en la mente, pero al mismo tiempo había que recordar que los Belgas no fueron menos miserables al cortarles las manos, esclavizarlos, destruir su cultura y reducirlos a nada. Hoy en día es evidente que en los sitios de África donde estuvieron los Belgas y los Franceses como colonizadores, sólo quedó atrás una estela de miseria. Por otro lado, los británicos dejaron las bases desde donde los ex colonizados han progresado. Tal es el caso de Kenia e India que ahora se perfila para ser una potencia mundial. Claro está que no lo hicieron con el objeto de ofrecer una mejor vida a los habitantes de sus colonias, sino que más bien con el objeto de beneficiarse de ellos en forma más práctica y más barata, al entrenarlos en muchas tareas clave.
Al final no hubo una explicación convincente o una conclusión. Jesús el ingeniero Español pensaba que los Congoleños erán unos cortoplacistas. María la médico cirujana de Madrid me dijo que seguramente un multi millonario igualmente pensaría que yo tengo mi cabeza llena de marañas (después de que exprese esa idea sobre estos africanos ecuatoriales) al ver la forma en que organizo mi vida. Para María era simplemente otra forma de percibir la vida.
La mente es libre de pensar e interpretar esta miseria. Tal vez nadie tenga razón en sus opiniones al respecto o tal vez todos tenemos razón. Sea cual fuere la explicación que le demos. Lo único en los que todos podemos estar de acuerdo es que la miseria y la precariedad son lastimosas.












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