Templos del conocimiento

 

Los templos del conocimiento




Un largo día de navegación a favor de la corriente por el Río Congo fue nuestra introducción a nuestra vida por un mes. En ese inicio, comenzamos a ver en las orillas y en el afluente mismo,  esa animación humana acentuada por la pasividad que preside a la tormenta. En poco tiempo nos habituamos, y se convirtió  en una bella monotonía como la respiración de un dragón dormido. Cada latido de esa bestia dormida retumbaba silenciosamente.

Llegamos casi al caer la noche a Yangambi,  que se introdujo así misma  con imponentes construcciones de viejos y abandonados almacenes construidos a las orillas del río en los tiempos de la colonia Belga. Los más sorprendentes eran esos soberbios centros de investigación que se divisaban desde la distancia y que hoy en día siguen activos por medio de donaciones de todo el mundo.

 

La biblioteca todavía recibe libros de diferentes países con investigaciones de todo tipo sobre selvas y enfermedades tropicales. El centro de investigación meteorológica, así como de la herbolaria, parecían respirar en forma agitada como los enfermos al filo de la muerte.  

 


Sus construcciones, grandes estantes, máquinas obsoletas y mucho más,  hablan de mejores días. Al rabo del ojo y entre los ecos de las paredes  se ven y se escuchan los pasos y los murmullos de los científicos   europeos, caminando por los interminables pasillos o  trabajando en esos grandes  laboratorios semi abandonados que en algún momento formaron parte del mayor y más avanzado centro de investigación tropical del planeta.

 

La selva secundaria que rodea a Yangambi , fue nombrada por la UNESCO  como patrimonio de la humanidad y parece amenazar con engullir esos restos que se asemejan a grandes templos de una civilización perdida. Pues aun en su cohibida  actividad de



investigación por parte de los Congoleños,  transmiten una sensación de lugares que tan solo fueron abandonados un día. Me imagino que así fue.



Tan solo han transcurrido 60 años desde la independencia de la República Democrática del Congo y esos centros de investigación me recuerdan a las  pirámides mayas en medio de la selva del sur de México, las cuales  denotan un gran conocimiento de lo que una vez fue una civilización avanzada y que súbitamente se colapsó hasta el punto en que los descendientes de esa gran cultura quedaron reducidos a simples campesinos de su propia parcela y quienes observaban esas ruinas con poco interés.  Las daban por sentado como el entorno que los rodeaba,  sin tal vez no saber que  fueron sus antepasados quienes edificaron esos sitios.  


La gran diferencia en Yangambi es que los Congoleños no son los descendientes de quienes construyeron estos sitios y si recuerdan quienes fueron los que los erigieron. Aunque seguramente los ven como símbolos de la opresión y con resentimiento. 

 

Tanto en Yangambi como en las aldeas a las orillas del río, solo  las misiones católicas se encuentran en buen estado. Siempre hay un sitio para vender  un poco de esperanza en medio de la miseria.


Como dije antes, llegamos a puerto  durante el ocaso del día. En cuanto pusimos un pie sobre tierra nos rodearon varios jóvenes que operaban sus mototaxis. En ellas nos adentramos 5 kilómetros tierra adentro para hospedarnos en una misión católica. Llegamos en ese punto en que la oscuridad de la noche se apoderaba de todo. Solo algunos focos en las terrazas iluminaban tímidamente la penumbra y las sombras de los mosquitos se reflejaban en todo.

 

Tomando cervezas calientes en un largo balcon con vistas hacia las tinieblas terminamos ese primer día en el Río Congo. 



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