El olvido de si mismo
A medida que penetramos en el afluente , a veces se estrechaba para después abrirse en gigantes raudales que cada vez se mostraban más exuberantes. Así mismo, largas conversaciones de temas interesantes se extendían como el río para después estrecharse como él mismo en cabezasos a la nada y al despertar todo parecía igual.
Empezamos a olvidarnos de nosotros mismos en la simpleza de las cosas. La comida dejó de tener sabor. Solo servía para alimentarnos y para hacer referencia de la hora del día. El arroz era pedregoso y áspero como la incontrolable felicidad de los Congoleños cuando nos veían pasar y nos saludaban mucho más allá de la euforia. Mis pensamientos se fundían en el reflejo del cielo sobre el agua e imaginaba esas caras con destellos de una furia incontrolable también. ¿No es así cuando nos entregamos a las emociones?
Cada vez nos alejamos más de nosotros mismos y nuestras actitudes o comentarios se iban distorsionando cuando emociones abruptas y parecidas a los de los Congoleños hacían erupción. Como el comentario de Linda la Británica quien dijo: “Espero se mueran todos” después de haber visto monos ahumados a la venta en un mercado. Días más tarde rompía en llanto incontrolable cuando a tan solo un par de metros de nosotros degollaron un cerdo que chillaba y se desangraba en su agonía. Todo para intentar ganar unos cuantos francos congoleños al vendernos su carne. Lo cual de nada sirvio pues simplemente nos fuimos por otra razón cuando ya lo cocinaban. O cuando Jesus dijo: “Este es un país de miseria y de miserables”
No recuerdo haber hecho algún tipo de comentario de ese tipo, pero recuerdo que mis sentimientos cada vez tenían más tintes de desprecio hacia los nativos cuando no podía estar solo por un segundo al llegar a una aldea o un campamento. Sus miradas eran incesantes y su cercanía sofocante. Tan sofocante como el calor húmedo , que se hacía más apremiante con la invasión constante y permanente a mi espacio vital. En mi furia y descontento a veces no tan contenido solo pensaba: “recuerda que tu eres el que decidió venir”
Lo único que parecía mantenerse dentro de mí mismo, era la enfermiza obsesión de cuidar una pequeña herida en el pie que no mejoraba y no dejaba de observar tanto en el día como en la noche. Ya había tenido una experiencia similar años antes en Papua Nueva Guinea que casi me costaba una pierna.
Mis emociones y mis pensamientos cada vez se distorsionaron más, al igual que todo el ambiente se enrarecía. Llegábamos a sitios donde nunca habían visto a un blanco (que sin serlo yo también entro en esa categoría para los africanos) y todo se exacerbó cuando desde Lisala abandonamos las piraguas para cruzar el río y después nos adentramos en la selva utilizando en mototaxis con una dirección establecida pero sin ningún tipo de logística planeada.
La selva nos fue abrazando a medida que los caminos se hicieron más angostos y la gente simplemente se desbordaba al vernos pasar en una estela de gritos y saludos frenéticos que quedaban tras nosotros.
A tal punto que tuve la sensación de salir casi a gatas entre el lodo, los troncos y la selva a las orillas del rio Lopori o rio negro como se le conoce.
No sabía que habíamos cruzado una frontera invisible en nuestro viaje. En ese punto ya todo se había dislocado sin darnos cuenta. La selva nos fue abrazando poco a poco y enfilandonos en una senda hasta llegar al umbral de lo que se convertiría en nuestra versión del corazón de las tinieblas.











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