El sonido de la selva




El sonido de los tambores fue una constante. Un acompañante que nunca nos abandonó.  Siempre en la lejanía y escondido en las entrañas de la  selva. Una  misteriosa  seducción que estaba en todas partes. Parecía emanar de la jungla y de la niebla  misma.  Como una materia oscura e invisible donde  anida el hechizo, la premonición, la intriga y el secreto. Un llamado constante  al  ser primitivo que se encuentra dormido dentro de todos nosotros. El enigmático emplazamiento al salvajismo,  la locura, al terror, al exceso.

En una noche larga  noche de espera y de incertidumbre,  se escuchaban a la distancia.  Tuve que taparme las orejas para poder dormir y que al otro día sucediera lo que tendría que suceder.

 

Ocurrieron terribles eventos dentro de este viaje que narraré después. Cuando escapamos de una población donde quedaron sembrados algunos recuerdos que  nos unieron y a otros nos distanciaron. Pasaron seis horas río abajo de miradas idas, de risas vacías  y de conversaciones que buscaban aminorar el miedo.   Pasamos por una aldea donde intentamos bajar y desde la orilla y las chozas la gente nos gritaba que nos alejaramos, que nos fuéramos.  No podiamos entender sus palabras pero sus ademanes y gesticulaciones lo decían todo.


 

Cuando finalmente  llegué a Kinshasa platiqué con Eric (el guía que no nos acompañó) sobre los eventos ocurridos.  El me daba sus puntos de vista sobre lo  que no vivió, pero que  entendía como si lo hubiera visto. La pregunté cómo era que las noticias corrían  mucho más rápido que nuestro desplazamiento  dentro de la selva y a través del río.  -“Son los tambores”- me dijo.




 

Hoy ya en mi mundo no creo poder tener el valor ni la paciencia para ver a un payaso lleno de tatuajes, con una larga melena en una mezcla naga sadhu y hechicero de bar tocando dentro de una noche de alcohol y drogas un instrumento tan poderoso como los tambores tribales.




 

Esas danzas  que vimos y esas notas que escuchamos no pueden retratarse, no pueden filmarse, no pueden narrarse. No hay nada que las pueda describir.  Es algo que solo puede vivirse y nosotros lo vivimos. La experiencia solo queda como la herida incorpórea de una lanza invisible.  


 

Tuve el impulso de querer comprar uno de esos tambores tribales y solo tenerlo ahí para verlo y para que me recuerde. No tocarlo nunca, ni dejar que nadie lo toque.

 


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