La paciencia del destino


Las horas de navegación eran largas. Unos dormían, mientras otros leían o  escribían. Algunos conversaban y todos entrabamos en el mismo canal cuando pasabamos  desde la proa de una mano hacía otra el arroz, en día de suerte el pescado y en los primeros días el postre que consistía  en deliciosas  piñas con sal.


 

 “Cuidate de las aguas calmas” decía mi viejo sobre ciertas personas que se presentan como seres tranquilos y en son de paz. Aunque es un viejo dicho de nuestra lengua yo lo recuerdo en la voz de mi padre.  Ciertamente se podría aplicar a la corriente del Río Congo.



Su sereno movimiento es prácticamente imperceptible, pero implacable.  La selva que pareciera un telón entre el mundo acuático  y todo aquello que oculta tras de sí parece una cortina de misterio.  Se funde en el horizonte en avenidas que se dividen y se vuelven a juntar en un lento ritmo al destino.


En forma constante   se ven pequeñas piraguas tripuladas por una o dos personas pescando y deslizándose tranquilamente. A veces nos encontramos con balaniers que se anunciaban humeantes rodeadas de ese ruido sosegado y tenaz en su quema constante de combustolio. Al pasar por las aldeas las personas desde las puertas de sus chozas nos saludaban efusivamente con grandes sonrisas que fácilmente se delataban a la distancia por el contraste de la blancura de sus dientes y el tono casi púrpura de su piel, mientras otros apuntaban con todos sus dedos   hacía sus estómagos en una clara alusión a la precariedad de sus vidas y al hambre como el tótem de su existencia.  Otro al lado parecía insultarnos en forma muy emocional. 





Algunas aldeas estaban rodeadas de troncos que alguna balanier después cargaría para llevarla hasta Kinshasa y traducirla en dinero. A otros la impaciencia los arma de paciencia y fabrican embarcaciones de esa misma madera donde montan una pequeña choza para ocultarse de los muchos días de sol o de las tempestivas tormentas antes de llegar a la capital  para ganar unos cuantos francos congoleños con la venta de esa madera.


Al apagar los motores para escuchar las aves o los monos a la distancia, no hay nada. Solo silencio. Ese mutismo es el testigo acusador de esa desesperación taciturna que reina entre la población que a pesar del abandono,  la falta de medicinas  y la alta mortalidad infantil sigue creciendo en forma acelerada.





Pareciera ser lo único precipitado en esa calma pero tesonera y constante destrucción de la flora y la fauna.  A la vista es casi imperceptible como la corriente del río, pero el resultado está ahí.


Occidente y los occidentales solo critican mientras que detrás de ese telón de hipocresía todos somos cómplices.  Como en ese río sólo seguimos navegando pacíficamente hacía nuestro destino incierto.  
 









Comentarios

Entradas populares de este blog

Introducción a nuestra aventura

Templos del conocimiento

Vestigios del pasado